Una de las peores secuelas
de la culpabilidad que nos atormenta hoy a la mayoría
de los padres es que se han revertido los términos
de nuestras relaciones con los hijos.
Hasta donde recuerdo, los esfuerzos de mis papas estaban
encaminados a lograr que los respetáramos, obedeciéramos
sus órdenes, tuviéramos buenos modales
y fuéramos estudiantes consagrados. Es decir,
su función no era complacernos sino educarnos.
Agradarlos era asunto nuestro, no suyo.
Mientras que hasta hace sólo un par de generaciones
los niños hacían lo posible por complacer
a sus padres, hoy nosotros hacemos hasta lo imposible
por complacer a los hijos...
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Parece que los sentimientos de culpa
nos hacen creer que, como siempre hay algo en que nos
hemos equivocado, no somos merecedores del amor de nuestros
hijos y por lo tanto tenemos que ganárnoslo.
Lo más grave de este fenómeno es que desde
el momento en que son los hijos quienes nos otorgan
su amor y nosotros quienes tenemos que merecérnoslo,
son ellos quienes tienen el poder en la familia.
Es por eso que hoy los niños
son los que mandan y los padres los que obedecemos,
una situación sin precedentes en las generaciones
anteriores. Esta nueva posición de inferioridad
paterna da lugar a ciertas
>actitudes inconcebibles de los padres hoy como,
por ejemplo, el creciente interés por ser los
mejores amigos de los hijos.
Lo peor es que el esfuerzo por ganar
su amistad nos lleva a actuar como aliados de nuestros
hijos, por lo que estamos prestos a defenderlos ante
la autoridad, ante el colegio, ante los profesores,
es decir, ante todo el que se atreva a contrariarlos.
Esto significa que, no sólo no les ponemos límites
sino que nos oponemos a que otros lo hagan. Y lo que
así se logra es que los hijos se conviertan en
personas irreverentes e irresponsables, que van por
la vida exigiendo derechos que no tienen y privilegios
que no se merecen, pero siempre sabiendo que sus papás
los sacarán de cualquier problema.
El amor de los hijos no se compra, y menos a base de
convertirnos en sus pares. El precio a pagar no puede
ser colocarlos en el lugar que nos corresponde como
padres porque los dejamos huérfanos.
Lo que nos hará merecedores de su afecto y admiración
será la dedicación que estemos al mando
de sus vidas hasta que tengan la madurez para hacerlo
por sí mismos. Esto significa que nuestra función
no es subyugar a los hijos como en el pasado, pero tampoco
rendirnos a sus pies para que nos amen, sino liderar
su travesía inicial para que puedan más
adelante ser capitanes idóneos de sus propias
vidas.
GELA MARULANDA
Educadora Familiar
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