La muerte ha sido el salario de la desobediencia a
la orden divina (Gn. 2:17; Ro. 5:12;
6:23).
La muerte es física, por
cuanto nuestro cuerpo retorna al
polvo (Gn. 3:19); también es, y
sobre todo, espiritual. Desde su
caída, Adán y Eva fueron echados
de la presencia de Dios y privados
de Su comunión (Gn. 3:22-24). Desde
entonces, los pecadores se hallan
«muertos en... delitos y pecados»
(Ef. 2:1).
El hijo pródigo, alejado
del hogar paterno, está espiritualmente
muerto (Lc. 15:24). Ésta es la razón
de que el pecador tiene necesidad
de la regeneración del alma y de
la resurrección del cuerpo. Jesús
insiste en la necesidad que tiene
todo hombre de nacer otra vez (Jn.
3:3-8); explica Él que el paso de
la muerte espiritual a la vida eterna
se opera por acción del Espíritu
Santo y se recibe por la fe (Jn.
5:24; 6:63). Esta resurrección de
nuestro ser interior es producida
por el milagro del bautismo del
Espíritu (Col. 2:12-13). El que
consiente en perder su vida y resucitar
con Cristo es plenamente vivo con
Él (Ro. 6:4, 8, 13).
Tras la muerte física:
(A)
Para el impío es cosa horrenda
caer en manos del Dios vivo (He.
10:31) y comparecer ante el juicio
(He. 9:27) sin preparación alguna
(Lc. 12:16-21). El pecador puede
parecer impune durante mucho tiempo
(Sal. 73:3-20), pero su suerte final
muestra que «el Señor se reirá de
él porque ve que viene su día» (Sal.
37:13). El que no haya aceptado
el perdón de Dios morirá en sus
pecados (cfr. Jn. 8:24). Jesús enseña,
en la historia del rico malvado
que, desde el mismo instante de
la muerte, el impío se halla en
un lugar de tormentos, en plena
posesión de su consciencia y de
su memoria, separado por un infranqueable
abismo del lugar de la ventura eterna,
imposibilitado de toda ayuda, y
tenido por totalmente responsable
por las advertencias de las Escrituras
y/o de la Revelación natural y del
testimonio de su propia conciencia
(Lc. 16:19-31; Ro. 1:18-21 ss).
(B)
Para el creyente no existe
la muerte espiritual (la separación
de Dios). Ha recibido la vida eterna,
habiendo pasado, por la fe, de la
muerte a la vida (Jn. 5:24). Jesús
afirmó: «Yo soy la resurrección
y la vida; el que cree en mí, aunque
esté muerto, vivirá. Y todo aquel
que vive y cree en mí no morirá
eternamente» (Jn. 11:25-26; cfr.
Jn. 8:51; 10:28). Desde el mismo
instante de su muerte, el mendigo
Lázaro fue llevado por ángeles al
seno de Abraham (Lc. 16:22, 25).
Pablo podría decir: «Porque para
mí el vivir es Cristo y el morir
es ganancia». Para él partir para
estar con Cristo es mucho mejor
(Fil. 1:21-23). Es por esta razón
que «más quisiéramos estar ausentes
del cuerpo, y presentes al Señor»
(2 Co. 5:2-9). No se puede imaginar
una victoria más completa sobre
la muerte, en espera de la gloriosa
resurrección del cuerpo. Así, el
Espíritu puede afirmar solemnemente:
«Bienaventurados de aquí en adelante
los muertos que mueren en el Señor»
(Ap. 14:13).
La muerte segunda.
En contraste con la gozosa certeza
del creyente, recapitulada anteriormente,
se halla una expectación de juicio,
y de hervor de fuego, que ha de
devorar a los adversarios. La acción
de la conciencia natural infunde
miedo y angustiosa incertidumbre
en el inconverso. Shakespeare lo
expresó magistralmente en su soliloquio
de Hamlet, en el que éste considera
la posibilidad del suicidio; «Morir:
dormir; no más; y con el sueño,
decir que damos fin a los agobios
e infortunios, a los miles de contrariedades
naturales a las que es heredera
la carne, éste es un fin a desear
con ansia. Morir: dormir; dormir:
quizá soñar; ¡Ah, ahí está el punto
dificultoso!; porque en este sueño
de la muerte ¿qué sueños pueden
venir cuando nos hayamos despojado
de esta mortal vestidura?
Ello debe refrenarnos: ahí está
el respeto que hace sobrellevar
la calamidad de una tal vida, pues
¿quién soportaría los azotes y escarnios
del tiempo, los males del opresor,
la altanería de los soberbios, el
dolor por el amor menospreciado,
la lentitud de la justicia, la insolencia
de los potentados, y el desdén que
provoca el paciente mérito de los
humildes, cuando él mismo puede,
con desnuda daga, el descanso alcanzar?
¿Quién llevaría pesados fardos,
gimiendo y sudando bajo una fatigosa
vida, sino por el hecho del temor
de algo tras la muerte, el país
inexplorado de cuyos muelles ningún
viajero retorna, y que nos hace
preferir aquellos males que ahora
tenemos, que volar a otros de los
que nada sabemos?
Así, la conciencia a todos nos vuelve
cobardes, y así el inicio de una
resolución queda detenido por el
pálido manto de la reflexión» (Acto
III, Escena 1).
Así, la «horrenda expectación de
juicio, y el hervor de fuego que
ha de devorar a los adversarios»
(He. 10:27) se refiere a la muerte
segunda, aquella que espera a los
no arrepentidos tras el juicio final.
Esta segunda muerte es en las Escrituras
un sinónimo de infierno. Dos veces
se declara en Apocalipsis que el
lago de fuego es la muerte segunda
(Ap. 20:14; 21:8).
En este lago de fuego los impenitentes,
vueltos a levantar a la vida en
sus cuerpos, pero sin admisión a
la gloria, serán atormentados día
y noche por los siglos de los siglos
(Ap. 14:10-11; 20:10). Es por ello
que se trata de «sufrir daño de
la segunda muerte» (Ap. 2:11). Queda
en pie el hecho de la gracia del
Señor, que no desea la muerte del
pecador, sino su salvación.
Así, la Escritura insiste en numerosas
ocasiones: «No quiero la muerte
del que muere... convertíos, pues,
y viviréis» (Éx. 18:23, 31-32).
Estudio realizado
por: Carlos Evora
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