Capítulo 1
Predicación de Juan el Bautista
(Mt. 3. 1-12; Lc.
3. 1-9, 15-17; Jn. 1. 19-28)
1:1 Principio del evangelio de Jesucristo, Hijo de
Dios.
1:2 Como está escrito en Isaías el profeta:
He aquí yo envío mi mensajero delante de tu faz,
El cual preparará tu camino delante de ti.
1:3 Voz del que clama en el desierto:
Preparad el camino del Señor;
Enderezad sus sendas.
1:4 Bautizaba Juan en el desierto, y predicaba el bautismo de arrepentimiento
para perdón de pecados.
1:5 Y salían a él toda la provincia de Judea, y todos
los de Jerusalén; y eran bautizados por él en el río
Jordán, confesando sus pecados.
1:6 Y Juan estaba vestido de pelo de camello, y tenía un cinto
de cuero alrededor de sus lomos;
y comía langostas y miel silvestre.
1:7 Y predicaba, diciendo: Viene tras mí el que es más
poderoso que yo, a quien no soy digno de desatar encorvado la correa de
su calzado.
1:8 Yo a la verdad os he bautizado con agua; pero él os bautizará
con Espíritu Santo.
El bautismo de Jesús
(Mt. 3. 13-17 ;
Lc. 3. 21-22)
1:9 Aconteció en aquellos días, que
Jesús vino de Nazaret de Galilea, y fue bautizado por Juan en el
Jordán.
1:10 Y luego, cuando subía del agua, vio abrirse los cielos,
y al Espíritu como paloma que descendía sobre él.
1:11 Y vino una voz de los cielos que decía: Tú eres
mi Hijo amado; en ti tengo complacencia.   
Tentación de Jesús
(Mt. 4. 1-11; Lc.
4. 1-13)
1:12 Y luego el Espíritu le impulsó al desierto.
1:13 Y estuvo allí en el desierto cuarenta días, y era
tentado por Satanás, y estaba con las fieras; y los ángeles
le servían.
Jesús principia su ministerio
(Mt. 4. 12-17; Lc.
4. 14-15)
1:14 Después que Juan fue encarcelado, Jesús vino a Galilea
predicando el evangelio del reino de Dios,
1:15 diciendo: El tiempo se ha cumplido, y el
reino de Dios
se ha acercado; arrepentíos,
y creed en el evangelio.
Jesús llama a cuatro pescadores
(Mt. 4. 18-22; Lc.
5. 1-11)
1:16 Andando junto al mar de Galilea, vio a Simón y a Andrés
su hermano, que echaban la red en el mar; porque eran pescadores.
1:17 Y les dijo Jesús: Venid en pos de
mí, y haré que seáis pescadores de hombres.
1:18 Y dejando luego sus redes, le siguieron.
1:19 Pasando de allí un poco más adelante, vio a Jacobo
hijo de Zebedeo, y a Juan su hermano, también ellos en la barca,
que remendaban las redes.
1:20 Y luego los llamó; y dejando a su padre Zebedeo en la barca
con los jornaleros, le siguieron.
Un hombre que tenía un espíritu inmundo
(Lc. 4. 31-37)
1:21 Y entraron en Capernaum; y los días de reposo, entrando
en la sinagoga, enseñaba.
1:22 Y se admiraban de su doctrina; porque les enseñaba como
quien tiene autoridad, y no como los escribas.
1:23 Pero había en la sinagoga de ellos un hombre con espíritu
inmundo, que dio voces,
1:24 diciendo: ¡Ah! ¿qué tienes con nosotros, Jesús
nazareno? ¿Has venido para destruirnos? Sé quién eres,
el Santo de Dios.
1:25 Pero Jesús le reprendió, diciendo: ¡Cállate,
y sal de él!
1:26 Y el espíritu inmundo, sacudiéndole con violencia,
y clamando a gran voz, salió de él.
1:27 Y todos se asombraron, de tal manera que discutían entre
sí, diciendo: ¿Qué es esto? ¿Qué nueva
doctrina es esta, que con autoridad manda aun a los espíritus inmundos,
y le obedecen?
1:28 Y muy pronto se difundió su fama por toda la provincia
alrededor de Galilea.
Jesús sana a la suegra de Pedro
(Mt. 8. 14-15; Lc.
4. 38-39)
1:29 Al salir de la sinagoga, vinieron a casa de Simón y Andrés,
con Jacobo y Juan.
1:30 Y la suegra de Simón estaba acostada con fiebre; y en seguida
le hablaron de ella.
1:31 Entonces él se acercó, y la tomó de la mano
y la levantó; e inmediatamente le dejó la fiebre, y ella
les servía.
Muchos sanados al ponerse el sol
(Mt. 8. 16-17; Lc.
4. 40-41)
1:32 Cuando llegó la noche, luego que el sol se puso, le trajeron
todos los que tenían enfermedades, y a los endemoniados;
1:33 y toda la ciudad se agolpó a la puerta.
1:34 Y sanó a muchos que estaban enfermos de diversas enfermedades,
y echó fuera muchos demonios; y no dejaba hablar a los demonios,
porque le conocían.
Jesús recorre Galilea predicando
(Lc. 4. 42-44)
1:35 Levantándose muy de mañana, siendo aún muy
oscuro, salió y se fue a un lugar desierto, y allí oraba.
1:36 Y le buscó Simón, y los que con él estaban;
1:37 y hallándole, le dijeron: Todos te buscan.
1:38 El les dijo: Vamos a los lugares vecinos,
para que predique también allí; porque para esto he venido.
1:39 Y predicaba en las sinagogas de ellos en toda Galilea, y echaba
fuera los demonios.
Jesús sana a un leproso
(Mt. 8. 1-4; Lc.
5. 12-16)
1:40 Vino a él un leproso, rogándole; e hincada la rodilla,
le dijo: Si quieres, puedes limpiarme.
1:41 Y Jesús, teniendo misericordia de él, extendió
la mano y le tocó, y le dijo: Quiero, sé
limpio.
1:42 Y así que él hubo hablado, al instante la lepra
se fue de aquél, y quedó limpio.
1:43 Entonces le encargó rigurosamente, y le despidió
luego,
1:44 y le dijo: Mira, no digas a nadie nada,
sino ve, muéstrate al sacerdote, y ofrece por tu purificación
lo que Moisés mandó,
para testimonio a ellos.
1:45 Pero ido él, comenzó a publicarlo mucho y a divulgar
el hecho, de manera que ya Jesús no podía entrar abiertamente
en la ciudad, sino que se quedaba fuera en los lugares desiertos; y venían
a él de todas partes.
Capítulo 2
Jesús sana a un paralítico
(Mt. 9. 1-8; Lc.
5. 17-26)
2:1 Entró Jesús otra vez en Capernaum después de algunos
días; y se oyó que estaba en casa.
2:2 E inmediatamente se juntaron muchos, de manera que ya no cabían
ni aun a la puerta; y les predicaba la palabra.
2:3 Entonces vinieron a él unos trayendo un paralítico,
que era cargado por cuatro.
2:4 Y como no podían acercarse a él a causa de la multitud,
descubrieron el techo de donde estaba, y haciendo una abertura, bajaron
el lecho en que yacía el paralítico.
2:5 Al ver Jesús la fe de ellos, dijo al paralítico:
Hijo,
tus pecados te son perdonados.
2:6 Estaban allí sentados algunos de los escribas, los cuales
cavilaban en sus corazones:
2:7 ¿Por qué habla éste así? Blasfemias
dice. ¿Quién puede perdonar pecados, sino sólo Dios?
2:8 Y conociendo luego Jesús en su espíritu que cavilaban
de esta manera dentro de sí mismos, les dijo: ¿Por
qué caviláis así en vuestros corazones?
2:9 ¿Qué es más fácil,
decir al paralítico: Tus pecados te son perdonados, o decirle: Levántate,
toma tu lecho y anda?
2:10 Pues para que sepáis que el Hijo
del Hombre tiene potestad en la tierra para perdonar pecados (dijo
al paralítico):
2:11 A ti te digo: Levántate, toma tu
lecho, y vete a tu casa.
2:12 Entonces él se levantó en seguida, y tomando su
lecho, salió delante de todos, de manera que todos se asombraron,
y glorificaron a Dios, diciendo: Nunca hemos visto tal cosa.
Llamamiento de Leví
(Mt. 9. 9-13; Lc.
5. 27-32)
2:13 Después volvió a salir al mar; y toda la gente venía
a él, y les enseñaba.
2:14 Y al pasar, vio a Leví hijo de Alfeo, sentado al banco
de los tributos públicos, y le dijo: Sígueme.
Y levantándose, le siguió.
2:15 Aconteció que estando Jesús a la mesa en casa de
él, muchos publicanos y pecadores estaban también a la mesa
juntamente con Jesús y sus discípulos; porque había
muchos que le habían seguido.
2:16 Y los escribas y los fariseos, viéndole comer con los publicanos
y con los pecadores, dijeron a los discípulos: ¿Qué
es esto, que él come y bebe con los publicanos y pecadores?
2:17 Al oír esto Jesús, les dijo: Los
sanos no tienen necesidad de médico, sino los enfermos. No he venido
a llamar a justos, sino a pecadores.
La pregunta sobre el ayuno
(Mt. 9. 14-17; Lc.
5. 33-39)
2:18 Y los discípulos de Juan y los de los fariseos ayunaban;
y vinieron, y le dijeron: ¿Por qué los discípulos
de Juan y los de los fariseos ayunan, y tus discípulos no ayunan?
2:19 Jesús les dijo: ¿Acaso pueden
los que están de bodas ayunar mientras está con ellos el
esposo? Entre tanto que tienen consigo al esposo, no pueden ayunar.
2:20 Pero vendrán días cuando el
esposo les será quitado, y entonces en aquellos días ayunarán.
2:21 Nadie pone remiendo de paño nuevo
en vestido viejo; de otra manera, el mismo remiendo nuevo tira de lo viejo,
y se hace peor la rotura.
2:22 Y nadie echa vino nuevo en odres viejos;
de otra manera, el vino nuevo rompe los odres, y el vino se derrama, y
los odres se pierden; pero el vino nuevo en odres nuevos se ha de echar.
Los discípulos recogen espigas en el día de reposo
(Mt. 12. 1-8; Lc.
6. 1-5)
2:23 Aconteció que al pasar él por los sembrados un día
de reposo, sus discípulos, andando, comenzaron a arrancar espigas.
2:24 Entonces los fariseos le dijeron: Mira, ¿por qué
hacen en el día de reposo lo que no es lícito?
2:25 Pero él les dijo: ¿Nunca leísteis
lo que hizo David cuando tuvo necesidad, y sintió hambre, él
y los que con él estaban;
2:26 cómo entró en la casa de Dios,
siendo Abiatar sumo sacerdote, y comió los panes de la proposición,
de los cuales no es lícito comer sino a los sacerdotes,
y aun dio a los que con él estaban?
2:27 También les dijo: El día de
reposo fue hecho por causa del hombre, y no el hombre por causa del día
de reposo.
2:28 Por tanto, el Hijo del Hombre es Señor
aun del día de reposo.
Capítulo 3
El hombre de la mano seca
(Mt. 12. 9-14; Lc.
6. 6-11)
3:1 Otra vez entró Jesús en la sinagoga; y había allí
un hombre que tenía seca una mano.
3:2 Y le acechaban para ver si en el día de reposo le sanaría,
a fin de poder acusarle.
3:3 Entonces dijo al hombre que tenía la mano seca: Levántate
y ponte en medio.
3:4 Y les dijo: ¿Es lícito en los
días de reposo hacer bien, o hacer mal; salvar la vida, o quitarla?
Pero ellos callaban.
3:5 Entonces, mirándolos alrededor con enojo, entristecido por
la dureza de sus corazones, dijo al hombre: Extiende
tu mano. Y él la extendió, y la mano le fue restaurada
sana.
3:6 Y salidos los fariseos, tomaron consejo con los herodianos contra
él para destruirle.
La multitud a la orilla del mar
3:7 Mas Jesús se retiró al mar con sus discípulos,
y le siguió gran multitud de Galilea. Y de Judea,
3:8 de Jerusalén, de Idumea, del otro lado del Jordán,
y de los alrededores de Tiro y de Sidón, oyendo cuán grandes
cosas hacía, grandes multitudes vinieron a él.
3:9 Y dijo a sus discípulos que le tuviesen siempre lista la
barca, a causa del gentío, para que no le oprimiesen.
3:10 Porque había sanado a muchos; de manera que por tocarle,
cuantos tenían plagas caían sobre él.
3:11 Y los espíritus inmundos, al verle, se postraban delante
de él, y daban voces, diciendo: Tú eres el Hijo de Dios.
3:12 Mas él les reprendía mucho para que no le descubriesen.
Elección de los doce apóstoles
(Mt. 10. 1-4; Lc.
6. 12-16)
3:13 Después subió al monte, y llamó a sí
a los que él quiso; y vinieron a él.
3:14 Y estableció a doce, para que estuviesen con él,
y para enviarlos a predicar,
3:15 y que tuviesen autoridad para sanar enfermedades y para echar
fuera demonios:
3:16 a Simón, a quien puso por sobrenombre Pedro;
3:17 a Jacobo hijo de Zebedeo, y a Juan hermano de Jacobo, a quienes
apellidó Boanerges, esto es, Hijos del trueno;
3:18 a Andrés, Felipe, Bartolomé, Mateo, Tomás,
Jacobo hijo de Alfeo, Tadeo, Simón el cananista,
3:19 y Judas Iscariote, el que le entregó. Y vinieron a casa.
La blasfemia contra el Espíritu Santo
(Mt. 12. 22-32; Lc.
11. 14-23)
3:20 Y se agolpó de nuevo la gente, de modo que ellos ni aun
podían comer pan.
3:21 Cuando lo oyeron los suyos, vinieron para prenderle; porque decían:
Está fuera de sí.
3:22 Pero los escribas que habían venido de Jerusalén
decían que tenía a Beelzebú, y que por el príncipe
de los demonios echaba fuera los demonios.
3:23 Y habiéndolos llamado, les decía en parábolas:
¿Cómo
puede Satanás echar fuera a Satanás?
3:24 Si un reino está dividido contra
sí mismo, tal reino no puede permanecer.
3:25 Y si una casa está dividida contra
sí misma, tal casa no puede permanecer.
3:26 Y si Satanás se levanta contra sí
mismo, y se divide, no puede permanecer, sino que ha llegado su fin.
3:27 Ninguno puede entrar en la casa de un hombre
fuerte y saquear sus bienes, si antes no le ata, y entonces podrá
saquear su casa.
3:28 De cierto os digo que todos los pecados
serán perdonados a los hijos de los hombres, y las blasfemias cualesquiera
que sean;
3:29 pero cualquiera que blasfeme contra el Espíritu
Santo, no tiene jamás perdón,
sino que es reo de juicio eterno.
3:30 Porque ellos habían dicho: Tiene espíritu inmundo.
La madre y los hermanos de Jesús
(Mt. 12. 46-50; Lc.
8. 19-21)
3:31 Vienen después sus hermanos y su madre, y quedándose
afuera, enviaron a llamarle.
3:32 Y la gente que estaba sentada alrededor de él le dijo:
Tu madre y tus hermanos están afuera, y te buscan.
3:33 El les respondió diciendo: ¿Quién
es mi madre y mis hermanos?
3:34 Y mirando a los que estaban sentados alrededor de él, dijo:
He
aquí mi madre y mis hermanos.
3:35 Porque todo aquel que hace la voluntad de
Dios, ése es mi hermano, y mi hermana, y mi madre.
Capítulo 4
Parábola del sembrador
(Mt. 13. 1-23; Lc.
8. 4-15)
4:1 Otra vez comenzó Jesús a enseñar junto al mar,
y se reunió alrededor de él mucha gente, tanto que entrando
en una barca, se sentó en ella en el mar;
y toda la gente estaba en tierra junto al mar.
4:2 Y les enseñaba por parábolas muchas cosas, y les
decía en su doctrina:
4:3 Oíd: He aquí, el sembrador
salió a sembrar;
4:4 y al sembrar, aconteció que una parte
cayó junto al camino, y vinieron las aves del cielo y la comieron.
4:5 Otra parte cayó en pedregales, donde
no tenía mucha tierra; y brotó pronto, porque no tenía
profundidad de tierra.
4:6 Pero salido el sol, se quemó; y porque
no tenía raíz, se secó.
4:7 Otra parte cayó entre espinos; y los
espinos crecieron y la ahogaron, y no dio fruto.
4:8 Pero otra parte cayó en buena tierra,
y dio fruto, pues brotó y creció, y produjo a treinta, a
sesenta, y a ciento por uno.
4:9 Entonces les dijo: El que tiene oídos
para oír, oiga.
4:10 Cuando estuvo solo, los que estaban cerca de él con los
doce le preguntaron sobre la parábola.
4:11 Y les dijo: A vosotros os es dado saber
el misterio del reino de Dios; mas a los que están fuera, por parábolas
todas las cosas;
4:12 para que viendo, vean y no perciban; y oyendo,
oigan y no entiendan; para que no se conviertan, y les sean perdonados
los pecados.
4:13 Y les dijo: ¿No sabéis esta
parábola? ¿Cómo, pues, entenderéis todas las
parábolas?
4:14 El sembrador es el que siembra la palabra.
4:15 Y éstos son los de junto al camino:
en quienes se siembra la palabra, pero después que la oyen, en seguida
viene Satanás, y quita la palabra que se sembró en sus corazones.
4:16 Estos son asimismo los que fueron sembrados
en pedregales: los que cuando han oído la palabra, al momento la
reciben con gozo;
4:17 pero no tienen raíz en sí,
sino que son de corta duración, porque cuando viene la tribulación
o la persecución por causa de la palabra, luego tropiezan.
4:18 Estos son los que fueron sembrados entre
espinos: los que oyen la palabra,
4:19 pero los afanes de este siglo, y el engaño
de las riquezas, y las codicias de otras cosas, entran y ahogan la palabra,
y se hace infructuosa.
4:20 Y éstos son los que fueron sembrados
en buena tierra: los que oyen la palabra y la reciben, y dan fruto a treinta,
a sesenta, y a ciento por uno.
Nada oculto que no haya de ser manifestado
(Lc. 8. 16-18)
4:21 También les dijo: ¿Acaso se
trae la luz para ponerla debajo del almud,
o debajo de la cama? ¿No es para ponerla en el candelero?
4:22 Porque no hay nada oculto que no haya de
ser manifestado; ni escondido, que no haya de salir a luz.
4:23 Si alguno tiene oídos para oír,
oiga.
4:24 Les dijo también: Mirad lo que oís;
porque con la medida con que medís, os será medido,
y aun se os añadirá a vosotros los que oís.
4:25 Porque al que tiene, se le dará;
y al que no tiene, aun lo que tiene se le quitará. 
Parábola del crecimiento de la semilla
4:26 Decía además: Así es
el reino de Dios, como cuando un hombre echa semilla en la tierra;
4:27 y duerme y se levanta, de noche y de día,
y la semilla brota y crece sin que él sepa cómo.
4:28 Porque de suyo lleva fruto la tierra, primero
hierba, luego espiga, después grano lleno en la espiga;
4:29 y cuando el fruto está maduro, en
seguida se mete la hoz, porque la siega ha llegado.
Parábola de la semilla de mostaza
(Mt. 13. 31-32; Lc.
13. 18-19)
4:30 Decía también: ¿A qué
haremos semejante el reino de Dios, o con qué parábola lo
compararemos?
4:31 Es como el grano de mostaza, que cuando
se siembra en tierra, es la más pequeña de todas las semillas
que hay en la tierra;
4:32 pero después de sembrado, crece,
y se hace la mayor de todas las hortalizas, y echa grandes ramas, de tal
manera que las aves del cielo pueden morar bajo su sombra.
El uso que Jesús hace de las parábolas
(Mt. 13. 34-35)
4:33 Con muchas parábolas como estas les hablaba la palabra,
conforme a lo que podían oír.
4:34 Y sin parábolas no les hablaba; aunque a sus discípulos
en particular les declaraba todo.
Jesús calma la tempestad
(Mt. 8. 23-27; Lc.
8. 22-25)
4:35 Aquel día, cuando llegó la noche, les dijo: Pasemos
al otro lado.
4:36 Y despidiendo a la multitud, le tomaron como estaba, en la barca;
y había también con él otras barcas.
4:37 Pero se levantó una gran tempestad de viento, y echaba
las olas en la barca, de tal manera que ya se anegaba.
4:38 Y él estaba en la popa, durmiendo sobre un cabezal; y le
despertaron, y le dijeron: Maestro, ¿no tienes cuidado que perecemos?
4:39 Y levantándose, reprendió al viento, y dijo al mar:
Calla,
enmudece. Y cesó el viento, y se hizo grande bonanza.
4:40 Y les dijo: ¿Por qué estáis
así amedrentados? ¿Cómo no tenéis fe?
4:41 Entonces temieron con gran temor, y se decían el uno al
otro: ¿Quién es éste, que aun el viento y el mar le
obedecen?
Capítulo 5
El endemoniado gadareno
(Mt. 8. 28-34; Lc.
8. 26-39)
5:1 Vinieron al otro lado del mar, a la región de los gadarenos.
5:2 Y cuando salió él de la barca, en seguida vino a
su encuentro, de los sepulcros, un hombre con un espíritu inmundo,
5:3 que tenía su morada en los sepulcros, y nadie podía
atarle, ni aun con cadenas.
5:4 Porque muchas veces había sido atado con grillos y cadenas,
mas las cadenas habían sido hechas pedazos por él, y desmenuzados
los grillos; y nadie le podía dominar.
5:5 Y siempre, de día y de noche, andaba dando voces en los
montes y en los sepulcros, e hiriéndose con piedras.
5:6 Cuando vio, pues, a Jesús de lejos, corrió, y se
arrodilló ante él.
5:7 Y clamando a gran voz, dijo: ¿Qué tienes conmigo,
Jesús, Hijo del Dios Altísimo? Te conjuro por Dios que no
me atormentes.
5:8 Porque le decía: Sal de este hombre,
espíritu inmundo.
5:9 Y le preguntó: ¿Cómo
te llamas? Y respondió diciendo: Legión me llamo;
porque somos muchos.
5:10 Y le rogaba mucho que no los enviase fuera de aquella región.
5:11 Estaba allí cerca del monte un gran hato de cerdos paciendo.
5:12 Y le rogaron todos los demonios, diciendo: Envíanos a los
cerdos para que entremos en ellos.
5:13 Y luego Jesús les dio permiso. Y saliendo aquellos espíritus
inmundos, entraron en los cerdos, los cuales eran como dos mil; y el hato
se precipitó en el mar por un despeñadero, y en el mar se
ahogaron.
5:14 Y los que apacentaban los cerdos huyeron, y dieron aviso en la
ciudad y en los campos. Y salieron a ver qué era aquello que había
sucedido.
5:15 Vienen a Jesús, y ven al que había sido atormentado
del demonio, y que había tenido la legión, sentado, vestido
y en su juicio cabal; y tuvieron miedo.
5:16 Y les contaron los que lo habían visto, cómo le
había acontecido al que había tenido el demonio, y lo de
los cerdos.
5:17 Y comenzaron a rogarle que se fuera de sus contornos.
5:18 Al entrar él en la barca, el que había estado endemoniado
le rogaba que le dejase estar con él.
5:19 Mas Jesús no se lo permitió, sino que le dijo: Vete
a tu casa, a los tuyos, y cuéntales cuán grandes cosas el
Señor ha hecho contigo, y cómo ha tenido misericordia de
ti.
5:20 Y se fue, y comenzó a publicar en Decápolis cuán
grandes cosas había hecho Jesús con él; y todos se
maravillaban.
La hija de Jairo, y la mujer que tocó el manto de Jesús
(Mt. 9. 18-26; Lc.
8. 40-56)
5:21 Pasando otra vez Jesús en una barca a la otra orilla, se
reunió alrededor de él una gran multitud; y él estaba
junto al mar.
5:22 Y vino uno de los principales de la sinagoga, llamado Jairo; y
luego que le vio, se postró a sus pies,
5:23 y le rogaba mucho, diciendo: Mi hija está agonizando; ven
y pon las manos sobre ella para que sea salva, y vivirá.
5:24 Fue, pues, con él; y le seguía una gran multitud,
y le apretaban.
5:25 Pero una mujer que desde hacía doce años padecía
de flujo de sangre,
5:26 y había sufrido mucho de muchos médicos, y gastado
todo lo que tenía, y nada había aprovechado, antes le iba
peor,
5:27 cuando oyó hablar de Jesús, vino por detrás
entre la multitud, y tocó su manto.
5:28 Porque decía: Si tocare tan solamente su manto, seré
salva.
5:29 Y en seguida la fuente de su sangre se secó; y sintió
en el cuerpo que estaba sana de aquel azote.
5:30 Luego Jesús, conociendo en sí mismo el poder que
había salido de él, volviéndose a la multitud, dijo:
¿Quién
ha tocado mis vestidos?
5:31 Sus discípulos le dijeron: Ves que la multitud te aprieta,
y dices: ¿Quién me ha tocado?
5:32 Pero él miraba alrededor para ver quién había
hecho esto.
5:33 Entonces la mujer, temiendo y temblando, sabiendo lo que en ella
había sido hecho, vino y se postró delante de él,
y le dijo toda la verdad.
5:34 Y él le dijo: Hija, tu fe te ha hecho
salva; vé en paz, y queda sana de tu azote.
5:35 Mientras él aún hablaba, vinieron de casa del principal
de la sinagoga, diciendo: Tu hija ha muerto; ¿para qué molestas
más al Maestro?
5:36 Pero Jesús, luego que oyó lo que se decía,
dijo al principal de la sinagoga: No temas, cree
solamente.
5:37 Y no permitió que le siguiese nadie sino Pedro, Jacobo,
y Juan hermano de Jacobo.
5:38 Y vino a casa del principal de la sinagoga, y vio el alboroto
y a los que lloraban y lamentaban mucho.
5:39 Y entrando, les dijo: ¿Por qué
alborotáis y lloráis? La niña no está muerta,
sino duerme.
5:40 Y se burlaban de él. Mas él, echando fuera a todos,
tomó al padre y a la madre de la niña, y a los que estaban
con él, y entró donde estaba la niña.
5:41 Y tomando la mano de la niña, le dijo: Talita
cumi; que traducido es: Niña, a ti te digo, levántate.
5:42 Y luego la niña se levantó y andaba, pues tenía
doce años. Y se espantaron grandemente.
5:43 Pero él les mandó mucho que nadie lo supiese, y
dijo que se le diese de comer.
Capítulo 6
Jesús en Nazaret
(Mt. 13. 53-58; Lc.
4. 16-30)
6:1 Salió Jesús de allí y vino a su tierra, y le seguían
sus discípulos.
6:2 Y llegado el día de reposo, comenzó a enseñar
en la sinagoga; y muchos, oyéndole, se admiraban, y decían:
¿De dónde tiene éste estas cosas? ¿Y qué
sabiduría es esta que le es dada, y estos milagros que por sus manos
son hechos?
6:3 ¿No es éste el carpintero, hijo de María,
hermano de Jacobo, de José, de Judas y de Simón? ¿No
están también aquí con nosotros sus hermanas? Y se
escandalizaban de él.
6:4 Mas Jesús les decía: No hay
profeta sin honra sino en su propia tierra,
y entre sus parientes, y en su casa.
6:5 Y no pudo hacer allí ningún milagro, salvo que sanó
a unos pocos enfermos, poniendo sobre ellos las manos.
6:6 Y estaba asombrado de la incredulidad de ellos. Y recorría
las aldeas de alrededor, enseñando.
Misión de los doce discípulos
(Mt. 10. 5-15; Lc.
9. 1-6)
6:7 Después llamó a los doce, y comenzó a enviarlos
de dos en dos; y les dio autoridad sobre los espíritus inmundos.
6:8 Y les mandó
que no llevasen nada para el camino, sino solamente bordón; ni alforja,
ni pan, ni dinero en el cinto,
6:9 sino que calzasen sandalias, y no vistiesen dos túnicas.
6:10 Y les dijo: Dondequiera
que entréis en una casa, posad en ella hasta que salgáis
de aquel lugar.
6:11 Y si en algún lugar no os recibieren
ni os oyeren, salid de allí, y sacudid el polvo que está
debajo de vuestros pies, para testimonio a ellos.
De cierto os digo que en el día del juicio, será más
tolerable el castigo para los de Sodoma y Gomorra, que para aquella ciudad.
6:12 Y saliendo, predicaban que los hombres se arrepintiesen.
6:13 Y echaban fuera muchos demonios, y ungían con aceite a
muchos enfermos, y los sanaban.
Muerte de Juan el Bautista
(Mt. 14. 1-12; Lc.
9. 7-9)
6:14 Oyó el rey Herodes la fama de Jesús, porque su nombre
se había hecho notorio; y dijo: Juan el Bautista ha resucitado de
los muertos, y por eso actúan en él estos poderes.
6:15 Otros decían: Es Elías. Y otros decían: Es
un profeta, o alguno de los profetas. 
6:16 Al oír esto Herodes, dijo: Este es Juan, el que yo decapité,
que ha resucitado de los muertos.
6:17 Porque el mismo Herodes había enviado y prendido a Juan,
y le había encadenado en la cárcel por causa de Herodías,
mujer de Felipe su hermano; pues la había tomado por mujer.
6:18 Porque Juan decía a Herodes: No te es lícito tener
la mujer de tu hermano.
6:19 Pero Herodías le acechaba, y deseaba matarle, y no podía;
6:20 porque Herodes temía a Juan, sabiendo que era varón
justo y santo, y le guardaba a salvo; y oyéndole, se quedaba muy
perplejo, pero le escuchaba de buena gana.
6:21 Pero venido un día oportuno, en que Herodes, en la fiesta
de su cumpleaños, daba una cena a sus príncipes y tribunos
y a los principales de Galilea,
6:22 entrando la hija de Herodías, danzó, y agradó
a Herodes y a los que estaban con él a la mesa; y el rey dijo a
la muchacha: Pídeme lo que quieras, y yo te lo daré.
6:23 Y le juró: Todo lo que me pidas te daré, hasta la
mitad de mi reino.
6:24 Saliendo ella, dijo a su madre: ¿Qué pediré?
Y ella le dijo: La cabeza de Juan el Bautista.
6:25 Entonces ella entró prontamente al rey, y pidió
diciendo: Quiero que ahora mismo me des en un plato la cabeza de Juan el
Bautista.
6:26 Y el rey se entristeció mucho; pero a causa del juramento,
y de los que estaban con él a la mesa, no quiso desecharla.
6:27 Y en seguida el rey, enviando a uno de la guardia, mandó
que fuese traída la cabeza de Juan.
6:28 El guarda fue, le decapitó en la cárcel, y trajo
su cabeza en un plato y la dio a la muchacha, y la muchacha la dio a su
madre.
6:29 Cuando oyeron esto sus discípulos, vinieron y tomaron su
cuerpo, y lo pusieron en un sepulcro.
Alimentación de los cinco mil
(Mt. 14. 13-21; Lc.
9. 10-17; Jn. 6. 1-14)
6:30 Entonces los apóstoles se juntaron con Jesús, y le
contaron todo lo que habían hecho, y lo que habían enseñado.
6:31 El les dijo: Venid vosotros aparte a un
lugar desierto, y descansad un poco. Porque eran muchos los que
iban y venían, de manera que ni aun tenían tiempo para comer.
6:32 Y se fueron solos en una barca a un lugar desierto.
6:33 Pero muchos los vieron ir, y le reconocieron; y muchos fueron
allá a pie desde las ciudades, y llegaron antes que ellos, y se
juntaron a él.
6:34 Y salió Jesús y vio una gran multitud, y tuvo compasión
de ellos, porque eran como ovejas que no tenían pastor;   y
comenzó a enseñarles muchas cosas.
6:35 Cuando ya era muy avanzada la hora, sus discípulos se acercaron
a él, diciendo: El lugar es desierto, y la hora ya muy avanzada.
6:36 Despídelos para que vayan a los campos y aldeas de alrededor,
y compren pan, pues no tienen qué comer.
6:37 Respondiendo él, les dijo: Dadles
vosotros de comer. Ellos le dijeron: ¿Que vayamos y compremos
pan por doscientos denarios,
y les demos de comer?
6:38 El les dijo: ¿Cuántos panes
tenéis? Id y vedlo. Y al saberlo, dijeron: Cinco, y dos peces.
6:39 Y les mandó que hiciesen recostar a todos por grupos sobre
la hierba verde.
6:40 Y se recostaron por grupos, de ciento en ciento, y de cincuenta
en cincuenta.
6:41 Entonces tomó los cinco panes y los dos peces, y levantando
los ojos al cielo, bendijo, y partió los panes, y dio a sus discípulos
para que los pusiesen delante; y repartió los dos peces entre todos.
6:42 Y comieron todos, y se saciaron.
6:43 Y recogieron de los pedazos doce cestas llenas, y de lo que sobró
de los peces.
6:44 Y los que comieron eran cinco mil hombres.
Jesús anda sobre el mar
(Mt. 14. 22-27; Jn.
6. 15-21)
6:45 En seguida hizo a sus discípulos entrar en la barca e ir
delante de él a Betsaida, en la otra ribera, entre tanto que él
despedía a la multitud.
6:46 Y después que los hubo despedido, se fue al monte a orar;
6:47 y al venir la noche, la barca estaba en medio del mar, y él
solo en tierra.
6:48 Y viéndoles remar con gran fatiga, porque el viento les
era contrario, cerca de la cuarta vigilia de la noche vino a ellos andando
sobre el mar, y quería adelantárseles.
6:49 Viéndole ellos andar sobre el mar, pensaron que era un
fantasma, y gritaron;
6:50 porque todos le veían, y se turbaron. Pero en seguida habló
con ellos, y les dijo: ¡Tened ánimo;
yo soy, no temáis!
6:51 Y subió a ellos en la barca, y se calmó el viento;
y ellos se asombraron en gran manera, y se maravillaban.
6:52 Porque aún no habían entendido lo de los panes,
por cuanto estaban endurecidos sus corazones.
Jesús sana a los enfermos en Genesaret
(Mt. 14. 34-36)
6:53 Terminada la travesía, vinieron a tierra de Genesaret, y
arribaron a la orilla.
6:54 Y saliendo ellos de la barca, en seguida la gente le conoció.
6:55 Y recorriendo toda la tierra de alrededor, comenzaron a traer
de todas partes enfermos en lechos, a donde oían que estaba.
6:56 Y dondequiera que entraba, en aldeas, ciudades o campos, ponían
en las calles a los que estaban enfermos, y le rogaban que les dejase tocar
siquiera el borde de su manto; y todos los que le tocaban quedaban sanos.
Capítulo 7
Lo que contamina al hombre
(Mt. 15. 1-20)
7:1 Se juntaron a Jesús los fariseos, y algunos de los escribas,
que habían venido de Jerusalén;
7:2 los cuales, viendo a algunos de los discípulos de Jesús
comer pan con manos inmundas, esto es, no lavadas, los condenaban.
7:3 Porque los fariseos y todos los judíos, aferrándose
a la tradición de los ancianos, si muchas veces no se lavan las
manos, no comen.
7:4 Y volviendo de la plaza, si no se lavan, no comen. Y otras muchas
cosas hay que tomaron para guardar, como los lavamientos de los vasos de
beber, y de los jarros, y de los utensilios de metal, y de los lechos.
7:5 Le preguntaron, pues, los fariseos y los escribas: ¿Por
qué tus discípulos no andan conforme a la tradición
de los ancianos, sino que comen pan con manos inmundas?
7:6 Respondiendo él, les dijo: Hipócritas,
bien profetizó de vosotros Isaías, como está escrito:
Este pueblo de labios me honra,
Mas su corazón está lejos de
mí.
7:7 Pues en vano me honran,
Enseñando como doctrinas mandamientos
de hombres.
7:8 Porque dejando el mandamiento de Dios, os
aferráis a la tradición de los hombres: los lavamientos de
los jarros y de los vasos de beber; y hacéis otras muchas cosas
semejantes.
7:9 Les decía también: Bien invalidáis
el mandamiento de Dios para guardar vuestra tradición.
7:10 Porque Moisés dijo: Honra a tu padre
y a tu madre;
y: El que maldiga al padre o a la madre, muera irremisiblemente.
7:11 Pero vosotros decís: Basta que diga
un hombre al padre o a la madre: Es Corbán (que quiere decir, mi
ofrenda a Dios) todo aquello con que pudiera ayudarte,
7:12 y no le dejáis hacer más por
su padre o por su madre,
7:13 invalidando la palabra de Dios con vuestra
tradición que habéis transmitido. Y muchas cosas hacéis
semejantes a estas.
7:14 Y llamando a sí a toda la multitud, les dijo: Oídme
todos, y entended:
7:15 Nada hay fuera del hombre que entre en él,
que le pueda contaminar; pero lo que sale de él, eso es lo que contamina
al hombre.
7:16 Si alguno tiene oídos para oír,
oiga.
7:17 Cuando se alejó de la multitud y entró en casa,
le preguntaron sus discípulos sobre la parábola.
7:18 El les dijo: ¿También vosotros
estáis así sin entendimiento? ¿No entendéis
que todo lo de fuera que entra en el hombre, no le puede contaminar,
7:19 porque no entra en su corazón, sino
en el vientre, y sale a la letrina? Esto decía, haciendo
limpios todos los alimentos.
7:20 Pero decía, que lo que del hombre
sale, eso contamina al hombre.
7:21 Porque de dentro, del corazón de
los hombres, salen los malos pensamientos, los adulterios, las fornicaciones,
los homicidios,
7:22 los hurtos, las avaricias, las maldades,
el engaño, la lascivia, la envidia, la maledicencia, la soberbia,
la insensatez.
7:23 Todas estas maldades de dentro salen, y
contaminan al hombre.
La fe de la mujer sirofenicia
(Mt. 15. 21-28)
7:24 Levantándose de allí, se fue a la región de
Tiro y de Sidón; y entrando en una casa, no quiso que nadie lo supiese;
pero no pudo esconderse.
7:25 Porque una mujer, cuya hija tenía un espíritu inmundo,
luego que oyó de él, vino y se postró a sus pies.
7:26 La mujer era griega, y sirofenicia de nación; y le rogaba
que echase fuera de su hija al demonio.
7:27 Pero Jesús le dijo: Deja primero
que se sacien los hijos, porque no está bien tomar el pan de los
hijos y echarlo a los perrillos.
7:28 Respondió ella y le dijo: Sí, Señor; pero
aun los perrillos, debajo de la mesa, comen de las migajas de los hijos.
7:29 Entonces le dijo: Por esta palabra, ve;
el demonio ha salido de tu hija.
7:30 Y cuando llegó ella a su casa, halló que el demonio
había salido, y a la hija acostada en la cama.
Jesús sana a un sordomudo
7:31 Volviendo a salir de la región de Tiro, vino por Sidón
al mar de Galilea, pasando por la región de Decápolis.
7:32 Y le trajeron un sordo y tartamudo, y le rogaron que le pusiera
la mano encima.
7:33 Y tomándole aparte de la gente, metió los dedos
en las orejas de él, y escupiendo, tocó su lengua;
7:34 y levantando los ojos al cielo, gimió, y le dijo: Efata,
es decir: Sé abierto.
7:35 Al momento fueron abiertos sus oídos, y se desató
la ligadura de su lengua, y hablaba bien.
7:36 Y les mandó que no lo dijesen a nadie; pero cuanto más
les mandaba, tanto más y más lo divulgaban.
7:37 Y en gran manera se maravillaban, diciendo: bien lo ha hecho todo;
hace a los sordos oír, y a los mudos hablar.
Capítulo 8
Alimentación de los cuatro mil
(Mt. 15. 32-39)
8:1 En aquellos días, como había una gran multitud, y no
tenían qué comer, Jesús llamó a sus discípulos,
y les dijo:
8:2 Tengo compasión de la gente, porque
ya hace tres días que están conmigo, y no tienen qué
comer;
8:3 y si los enviare en ayunas a sus casas, se
desmayarán en el camino, pues algunos de ellos han venido de lejos.
8:4 Sus discípulos le respondieron: ¿De dónde
podrá alguien saciar de pan a éstos aquí en el desierto?
8:5 El les preguntó: ¿Cuántos
panes tenéis? Ellos dijeron: Siete.
8:6 Entonces mandó a la multitud que se recostase en tierra;
y tomando los siete panes, habiendo dado gracias, los partió, y
dio a sus discípulos para que los pusiesen delante; y los pusieron
delante de la multitud.
8:7 Tenían también unos pocos pececillos; y los bendijo,
y mandó que también los pusiesen delante.
8:8 Y comieron, y se saciaron; y recogieron de los pedazos que habían
sobrado, siete canastas.
8:9 Eran los que comieron, como cuatro mil; y los despidió.
8:10 Y luego entrando en la barca con sus discípulos, vino a
la región de Dalmanuta.
La demanda de una señal
(Mt. 16. 1-4; Lc.
12. 54-56)
8:11 Vinieron entonces los fariseos y comenzaron a discutir con él,
pidiéndole señal del cielo,
para tentarle.
8:12 Y gimiendo en su espíritu, dijo: ¿Por
qué pide señal esta generación?
De cierto os digo que no se dará señal a esta generación.
8:13 Y dejándolos, volvió a entrar en la barca, y se
fue a la otra ribera.
La levadura de los fariseos
(Mt. 16. 5-12)
8:14 Habían olvidado de traer pan, y no tenían sino un
pan consigo en la barca.
8:15 Y él les mandó, diciendo: Mirad,
guardaos de la levadura de los fariseos,
y de la levadura de Herodes.
8:16 Y discutían entre sí, diciendo: Es porque no trajimos
pan.
8:17 Y entendiéndolo Jesús, les dijo: ¿Qué
discutís, porque no tenéis pan? ¿No entendéis
ni comprendéis? ¿Aún tenéis endurecido vuestro
corazón?
8:18 ¿Teniendo ojos no veis, y teniendo
oídos no oís? 
¿Y no recordáis?
8:19 Cuando partí los cinco panes entre
cinco mil, ¿cuántas cestas llenas de los pedazos recogisteis?
Y
ellos dijeron: Doce.
8:20 Y cuando los siete panes entre cuatro mil,
¿cuántas canastas llenas de los pedazos recogisteis?Y
ellos dijeron: Siete.
8:21 Y les dijo: ¿Cómo aún
no entendéis?
Un ciego sanado en Betsaida
8:22 Vino luego a Betsaida; y le trajeron un ciego, y le rogaron que
le tocase.
8:23 Entonces, tomando la mano del ciego, le sacó fuera de la
aldea; y escupiendo en sus ojos, le puso las manos encima, y le preguntó
si veía algo.
8:24 El, mirando, dijo: Veo los hombres como árboles, pero los
veo que andan.
8:25 Luego le puso otra vez las manos sobre los ojos, y le hizo que
mirase; y fue restablecido, y vio de lejos y claramente a todos.
8:26 Y lo envió a su casa, diciendo: No
entres en la aldea, ni lo digas a nadie en la aldea.
La confesión de Pedro
(Mt. 16. 13-20; Lc.
9. 18-21)
8:27 Salieron Jesús y sus discípulos por las aldeas de
Cesarea de Filipo. Y en el camino preguntó a sus discípulos,
diciéndoles: ¿Quién dicen los
hombres que soy yo?
8:28 Ellos respondieron: Unos, Juan el Bautista; otros, Elías;
y otros, alguno de los profetas.
8:29 Entonces él les dijo: Y vosotros,
¿quién decís que soy? Respondiendo Pedro, le
dijo: Tú eres el Cristo.
8:30 Pero él les mandó que no dijesen esto de él
a ninguno.
Jesús anuncia su muerte
(Mt. 16. 21-28; Lc.
9. 22-27)
8:31 Y comenzó a enseñarles que le era necesario al Hijo
del Hombre padecer mucho, y ser desechado por los ancianos, por los principales
sacerdotes y por los escribas, y ser muerto, y resucitar después
de tres días.
8:32 Esto les decía claramente. Entonces Pedro le tomó
aparte y comenzó a reconvenirle.
8:33 Pero él, volviéndose y mirando a los discípulos,
reprendió a Pedro, diciendo: ¡Quítate
de delante de mí, Satanás! porque no pones la mira en las
cosas de Dios, sino en las de los hombres.
8:34 Y llamando a la gente y a sus discípulos, les dijo: Si
alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo,
y tome su cruz, y sígame.
8:35 Porque todo el que quiera salvar su vida,
la perderá; y todo el que pierda su vida por causa de mí
y del evangelio, la salvará. 
8:36 Porque ¿qué aprovechará
al hombre si ganare todo el mundo, y perdiere su alma?
8:37 ¿O qué recompensa dará
el hombre por su alma?
8:38 Porque el que se avergonzare de mí
y de mis palabras en esta generación adúltera y pecadora,
el Hijo del Hombre se avergonzará también de él, cuando
venga en la gloria de su Padre con los santos ángeles.
Capítulo 9
9:1 También les dijo: De
cierto os digo que hay algunos de los que están aquí, que
no gustarán la muerte hasta que hayan visto el reino de Dios venido
con poder.
La transfiguración
(Mt. 17. 1-13; Lc.
9. 28-36)
9:2 Seis días después, Jesús tomó a Pedro,
a Jacobo y a Juan, y los llevó aparte solos a un monte alto; y se
transfiguró delante de ellos.
9:3 Y sus vestidos se volvieron resplandecientes, muy blancos, como
la nieve, tanto que ningún lavador en la tierra los puede hacer
tan blancos.
9:4 Y les apareció Elías con Moisés, que hablaban
con Jesús.
9:5 Entonces Pedro dijo a Jesús: Maestro, bueno es para nosotros
que estemos aquí; y hagamos tres enramadas, una para ti, otra para
Moisés, y otra para Elías.
9:6 Porque no sabía lo que hablaba, pues estaban espantados.
9:7 Entonces vino una nube que les hizo sombra, y desde la nube una
voz que decía: Este es mi Hijo amado; 
a él oíd.
9:8 Y luego, cuando miraron, no vieron más a nadie consigo,
sino a Jesús solo.
9:9 Y descendiendo ellos del monte, les mandó que a nadie dijesen
lo que habían visto, sino cuando el Hijo del Hombre hubiese resucitado
de los muertos.
9:10 Y guardaron la palabra entre sí, discutiendo qué
sería aquello de resucitar de los muertos.
9:11 Y le preguntaron, diciendo: ¿Por qué dicen los escribas
que es necesario que Elías venga primero?
9:12 Respondiendo él, les dijo: Elías
a la verdad vendrá primero, y restaurará todas las cosas;
¿y cómo está escrito del Hijo del Hombre, que padezca
mucho y sea tenido en nada?
9:13 Pero os digo que Elías ya vino, y
le hicieron todo lo que quisieron, como está escrito de él.
Jesús sana a un muchacho endemoniado
(Mt. 17. 14-21; Lc.
9. 37-43)
9:14 Cuando llegó a donde estaban los discípulos, vio
una gran multitud alrededor de ellos, y escribas que disputaban con ellos.
9:15 Y en seguida toda la gente, viéndole, se asombró,
y corriendo a él, le saludaron.
9:16 El les preguntó: ¿Qué
disputáis con ellos?
9:17 Y respondiendo uno de la multitud, dijo: Maestro, traje a ti mi
hijo, que tiene un espíritu mudo,
9:18 el cual, dondequiera que le toma, le sacude; y echa espumarajos,
y cruje los dientes, y se va secando; y dije a tus discípulos que
lo echasen fuera, y no pudieron.
9:19 Y respondiendo él, les dijo: ¡Oh
generación incrédula! ¿Hasta cuándo he de estar
con vosotros? ¿Hasta cuándo os he de soportar? Traédmelo.
9:20 Y se lo trajeron; y cuando el espíritu vio a Jesús,
sacudió con violencia al muchacho, quien cayendo en tierra se revolcaba,
echando espumarajos.
9:21 Jesús preguntó al padre: ¿Cuánto
tiempo hace que le sucede esto? Y él dijo: Desde niño.
9:22 Y muchas veces le echa en el fuego y en el agua, para matarle;
pero si puedes hacer algo, ten misericordia de nosotros, y ayúdanos.
9:23 Jesús le dijo: Si puedes creer, al
que cree todo le es posible.
9:24 E inmediatamente el padre del muchacho clamó y dijo: Creo;
ayuda mi incredulidad.
9:25 Y cuando Jesús vio que la multitud se agolpaba, reprendió
al espíritu inmundo, diciéndole: Espíritu
mudo y sordo, yo te mando, sal de él, y no entres más en
él.
9:26 Entonces el espíritu, clamando y sacudiéndole con
violencia, salió; y él quedó como muerto, de modo
que muchos decían: Está muerto.
9:27 Pero Jesús, tomándole de la mano, le enderezó;
y se levantó.
9:28 Cuando él entró en casa, sus discípulos le
preguntaron aparte: ¿Por qué nosotros no pudimos echarle
fuera?
9:29 Y les dijo: Este género con nada
puede salir, sino con oración y ayuno.
Jesús anuncia otra vez su muerte
(Mt. 17. 22-23; Lc.
9. 43-45)
9:30 Habiendo salido de allí, caminaron por Galilea; y no quería
que nadie lo supiese.
9:31 Porque enseñaba a sus discípulos, y les decía:
El
Hijo del Hombre será entregado en manos de hombres, y le matarán;
pero después de muerto, resucitará al tercer día.
9:32 Pero ellos no entendían esta palabra, y tenían miedo
de preguntarle.
¿Quién es el mayor?
(Mt. 18. 1-5; Lc.
9. 46-48)
9:33 Y llegó a Capernaum; y cuando estuvo en casa, les preguntó:
¿Qué
disputabais entre vosotros en el camino?
9:34 Mas ellos callaron; porque en el camino habían disputado
entre sí, quién había de ser el mayor.
9:35 Entonces él se sentó y llamó a los doce,
y les dijo: Si alguno quiere ser el primero, será
el postrero de todos, y el servidor de todos.  
9:36 Y tomó a un niño, y lo puso en medio de ellos; y
tomándole en sus braz |